el abrazo

Por si no me recuerdas, te diré un lugar y una fecha: Lugo, finales de 2002.

Una casa de citas con agradables vistas a orillas del río.

Yo había aterrizado allí hacía unos días, cómo y porque, aún me lo pregunto.

Me avisaron que un cliente esperaba en la sala. Cuando entré a

presentarme, encontré a un hombre hermoso, con los ojos empañados de

bruma, viendo caer la nieve desde la ventana.

Contrataste una hora y media de mi tiempo, fue un rato de sexo, vivido con

la pasión de los que ya se han jugado casi todo. Hubo armonía, y quizás más

entrega que en muchos romances de nuestro prolífico pasado amatorio.

También hablamos bastante. Del Prestige, que había infectado tu tierra, de

los emigrantes retornados, de Galicia maltratada. La literatura no pudo faltar,

aparecieron Conrad, Cèline, Salinger. Éramos muchos en esa cama.

Cuando quise saber qué escribías, sonreíste negándote a responder.

No registré en ese momento la dimensión de nuestro encuentro. Ni la

intensidad de un abrazo, del que aún no me he soltado.

Me quedé en la ciudad un par de días más desde esa tarde. Estuviste

presente cuando paseaba a la vera del Miño y mientras deambulaba

alrededor de la muralla.

Luego volví a mi isla apacible. Sigo dictando clases en el instituto y corriendo por

la bahía cada tarde, mientras esquivo las oleadas de alemanes con sus perros.

Ya ves que no todo era inventado.

No te busqué, pero estuve atenta. Me regocijó encontrarme, en la solapa de un

libro, con tus ojos de bruma.

La vida nos ha seguido pasando. Tal vez ambos hemos viajado

de a ratos con la sensación de vivir en un mundo que apesta, y por

momentos no hemos tenido más remedio que ser felices.

Como todo lo entrañable que perdemos y no nos resignamos a dejar de

buscar (la foto de un hijo, el juguete favorito de la infancia), he pasado gran parte

de este tiempo, tratando de recuperar aquél abrazo. Ese momento dorado, en que

nos desintegramos para incorporarnos al caos y al orden, al dolor y a la

alegría, a la desolación y al abrigo, a la muerte y al renacimiento. El

instante en que esos personajes que nos habíamos inventado,

se diluyeron y nos desarmaron.

Estoy segura de que lo recordarás, los narradores atesoran las emociones.

Después de diez años, he descubierto tu obra y la he devorado, me gusta.

Y a la vez descubrí que he vivido contigo la jornada de amor más breve y

luminosa de mi vida adulta.

Esta tarde de diciembre en que inusualmente cae nieve en la isla, mientras

miraba los copos deslizarse al otro lado del cristal, me asaltó la urgencia

de escribirte, y compartir contigo un homenaje al abrazo perdido. Confesarte

esto que llevo guardado, y proponerte un brindis a la distancia, a través de

una carta tardía.

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