Me voy acostumbrando a los sonidos de la nueva casa y al silencio de las noches, solo algún perro a distancia y la intermitencia de los pájaros nocturnos. También a los ruidos provenientes de la cocina, la nevera que de rato en rato estornuda con violencia, la sartén, que es demasiado grande para el horno y a veces se acomoda sola. No puedo evitar sentirme extraña en este sitio remoto, en una aldea semi abandonada, alejada de todo lo conocido. Lo raro no es que sea un lugar nuevo. Viajar, dormir en sitios diferentes cada semana ha sido algo común durante buena parte de mi vida. Lo raro es que estoy instalada aquí de forma definitiva seguramente, en lo desconocido y nunca programado, casi por azar. En realidad, todos estamos es el mundo por azar.
Todo está quieto, a pesar de que aquí hay mucha tarea
por hacer, no hay recuerdos que me atormenten ni grandes nostalgias. Tengo el
vasto campo alrededor, el silencio anhelado, la soledad, el reino propio de
autonomía y cierta calma que durante años estuve esperando para sentarme a
escribir y sin embargo no lo hago. Me despierto con mil ideas en la cabeza,
pero luego escribo solo dos frases y si llego a un par de párrafos me asalta
pronto el sueño. La historia sin fin.