Los que sufrimos migraña desde siempre, conocemos muy bien ciertos momentos comunes. Despertarse en medio de la noche y comenzar con variopintos rituales, ir al baño, mojar una toalla y colocarla sobre la frente, ubicar la cabeza en una posición cómoda para liberar la tensión en la nuca, respirar profundo, buscando que la respiración nos relaje mientras recogemos las hilachas del sueño de la memoria. Si a nuestro lado hay un compañero de cama, tal vez intentamos tener sexo, eso va muy bien, si no, haremos un apaño. El orden de los pasos depende de las circunstancias y la intensidad del dolor, en mi caso, el último es la pastilla, aunque si el despertar es rabioso puede ser el primero. La noche ofrece un tiempo para intentar que disminuya o desaparezca, tiempo del que no suele disponerse durante el día. Además, la pastilla contiene cafeína y esto, como no tomo café, me hace perder cualquier esperanza de retomar el sueño.
Dejarme ir respirando con el
paño húmedo es efectivo algunas veces. En la punzante duermevela de hoy se me
acercan animales ficticios, el dinosaurio de Monterroso, el gato de Schödinger,
que esta vez estaba vivo, pues salió ronroneando de la caja, la marmota de
Alicia, el cuervo de Poe, que cada vez que voy a la cocina me mira desde el
balcón (es que en este pueblo, el cuervo es emblemático), el insecto gigante de
Gregorio Samsa, desfilaron varios…Confieso que he leído, buen título
para quien ama los libros, así como Confieso que he comido podría serlo
para una persona gorda. Y volviendo a Neruda que ha inspirado esta asociación
de ideas migrañosas, yo en su lugar, hubiera llamado a su autobiografía: Confieso
que he plasmado, ya que pocos como él han sabido dar forma a las emociones.
Han cambiado la hora, amanece
más tarde.