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7 may 2011

por narices

De la infancia llega el olor de la casa de los abuelos, a mañanas de café y tostadas y tardes de flores que el viejo compraba en los viveros japoneses: clavelinas, geranios, begonias. De la adolescencia el pachuli, la maría, las cabelleras de los chicos guapos que olían a champú de almendras y a sándalo. De la juventud el de la fuga al mar, el olor iodado de la costa, a los senderos de pinos, a cremas de coco, al halo sudoroso del bronceado.

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