A pesar de la gracilidad a la que alude ese nombre, a mí ninfa siempre me ha sonado a arrugas, a soledad y a dureza.
Había nacido en un caserío perdido en una provincia entre dos ríos y se había casado mayor para su época, a los veinticinco, y aún así tuvo tiempo de parir siete hijos. Como era mi abuela, la he conocido vieja, en esa época los abuelos no se veían jóvenes. Una criolla tan altanera como desvalida, con las manos crispadas, vestida siempre con un batón floreado que se abrochaba por delante con una hilera de botones cuadrados que iba desde el escote al ruedo. Cada vez que me tocaba ir en bus hasta el pueblo vecino, la aventura de hacerlo sola se marchitaba al pasar frente a su casa durante el recorrido y vislumbrar el techo de chapa medio oculto detrás del paraíso, el rancho me producía una mezcla de pavor y tristeza. Mi rechazo a su pobreza me llenaba de prejuicios contra ella. No tenía electricidad y su única diversión eran la radio y el vino. Venía a casa a veces en domingo y se quedaba a dormir porque por la tele daban Titanes en el ring y acababa tarde. Algún sábado cuando mi padre no andaba de humor para aguantarnos, mi madre nos llevaba a verla, íbamos con provisiones y pasábamos el día con ella. A mí no me gustaba ir, era una casa muy lúgubre. Al entrar me penetraba el olor de la miseria, al humo del brasero, la plancha a carbón, la mesa estaba forrada con un tapete de hule lleno de roturas y carpetones de plástico imitando encaje sobre las estanterías. Recuerdo las siestas hundidas en el sopor del verano, y las bolitas de paraíso colándose por la puerta siempre abierta del rancho pasando a formar parte del suelo apisonado. Una sola ventana en la salita que hacía de comedor y cocina y detrás de una cortina de tela, la pieza de la abuela, un cuarto oscuro con una cama de hierro y la foto del abuelo, muerto hacía décadas. Lo único que amenizaba esas visitas era la merienda de pan con miel que nos ofrecía Ninfa, un dulce poderoso que me rascaba la garganta. Cuando por fin nos marchábamos nos decía adiós moviendo la cabeza con la ternura bien disimulada. Yo no me daba la vuelta, caminaba con la vista fija en el suelo intentando sin éxito sacudirme la jornada de Ninfa y miseria. Tengo intacta su figura solemne, recortada al caer la tarde en medio del sendero de tierra, la vista clavada hacia donde nos alejábamos y los pies agarrados al suelo, fundiéndose en el camino bajo el peso de las piernas, la silueta desdibujándose hacia arriba mientras la mente se le escapa hacia otros días y otras horas, más jóvenes. Intacta, como la pena que se me metió en el alma el día en que mis piadosos abuelos paternos me enviaron a hacerle una visita sorpresa. Entonces tendría yo doce años y con mis padres y hermanas nos habíamos mudado a la capital, pero a mí me hacían pasar los veranos en el pueblo con los viejos mientras los demás trabajaban. Al entrar al rancho encontré a la abuela en la sordidez de su intimidad, sentada y dormida, con la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados sobre la mesa y dos botellas de vino vacías a su lado. Creí que podía estar muerta, por un momento pensé salir despacio, tal como había entrado y una vez fuera echar a correr, en lugar de eso dije “abuela” y ella levantó con esfuerzo la cabeza y mientras que su memoria emergía de la maraña de sueño y alcohol, me preguntó tú quién eres, “soy Paula, la hija de Blanca”, después de unos segundos de perplejidad en que las dos nos miramos sin reconocernos, estiró los brazos con torpeza, me pegó a su cuerpo que intentaba enderezarse y estalló en un llanto desgarrador. Recuerdo el contacto de su piel húmeda y arrugada sobre mi cara y sus manos incrustándose en mis huesos, me desembaracé con violencia de ese abrazo desesperado y entonces sí eché a correr, corrí por las calles del pueblo hasta que cayó la noche y regresé a la casa de los abuelos con una mentira flaca tragándome la vergüenza y el secreto. Un secreto que tal vez ella nunca creyó que guardara o tal vez ni lo recordaba debido a la amnesia que deja la borrachera. Con la fuerza que otorga la angustia, enterré ese episodio y grabé para siempre en mi memoria a la abuela erguida en medio del sendero. No había pasado mucho tiempo de aquello cuando la sacaron del rancho inconsciente y una ambulancia la llevó al hospital donde pasaría sus últimos días sumida en un entrevero de ensoñaciones, deseos, recuerdos. Cada sábado acompañaba a mi madre y me pasaba largos ratos a su lado intentando adivinar por dónde viajaba su mente mientras el cuerpo se mecía en las olas de la muerte, cómo esa anciana, que alguna vez había sido joven y tal vez guapa, decía adiós a un mundo que le había negado casi todo. En mi hermetismo la compadecía y la admiraba por su entereza, jamás la había escuchado quejarse y salvo ese instante fatal en que nos hermanamos en nuestros miedos, nunca la vi llorar.
No, no me remite a una Dafne aterrada convertida en cerezo, ni a doncellas cantarinas de pieles impolutas, Ninfa simboliza para mí el estoicismo y la garra.
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10 ene 2012
4 ene 2012
año nuevo
A pesar del invierno y del peso del tiempo, los días comienzan a alargarse, los campos rezuman verde y los almendros florecen, el mar cambia de forma cada día y cuando acabamos acostumbrándonos a las bufandas y a los calcetines gruesos ya es la hora de archivarlos en algún cajón.
Por suerte, la vida.
Por suerte, la vida.
30 dic 2011
nochevieja
El 2011 me ha dejado huérfana por varios sitios, me ha reflejado en un espejo amargo, me ha traído en su estreno, un dolor profundo y algún palo. Y al final me ha dejado el sabor del trabajo hecho. Me ha enfriado algunos sueños, le ha quitado el moho a otros.
Siguiendo la rutina de todos los años, esta última noche esquivaré alguna invitación y brindaré con las ausencias. Salud
Siguiendo la rutina de todos los años, esta última noche esquivaré alguna invitación y brindaré con las ausencias. Salud
14 dic 2011
silba tu voz
Era tu voz un planeta que abarcaba toda la música
tu voz a chorros inundando las tardes de sudestada
las lunas inquietas, las siestas imposibles
tu voz incitando a los amantes a colarse por las puertas de atrás
tu risa desparramada entre calles y alamedas
tus palabras, dueñas de aquellos años dorados.
Ahora tu boca expulsa hilachas de sonidos
y ensaya la despedida.
tu voz a chorros inundando las tardes de sudestada
las lunas inquietas, las siestas imposibles
tu voz incitando a los amantes a colarse por las puertas de atrás
tu risa desparramada entre calles y alamedas
tus palabras, dueñas de aquellos años dorados.
Ahora tu boca expulsa hilachas de sonidos
y ensaya la despedida.
8 dic 2011
lugar común
Qué gusto tendrá la muerte? Cuál será el último sabor atrapado por mi lengua?
Qué aroma flotará en el ambiente? Habrá luz, penumbra, oscuridad?
Qué aroma flotará en el ambiente? Habrá luz, penumbra, oscuridad?
5 dic 2011
anécdota de mar
Paseaba de una punta a la otra de la bahía, esperando que el hombre bajara de la barca, para acordar con él la vuelta al continente. El dueño de la posada le había dicho que saldría con un grupo al día siguiente y ellos podrían sumarse. Se demoraba en fondear la barca que desde la costa se veía derivando, el viento le complicaba la tarea, ella dio una vuelta más desde el muelle hasta la punta, mientras el sol caía dejando una franja ardiente sobre el verde de la mata. Al volver lo alcanzó cuando tocaba la playa con el cayuco comunitario, él le sonrió, sin saber que ella le esperaba. Se saludaron, Marina le explicó que le interesaba el charter y él le dijo que la barca acababa de averiarse, le llevaría unas cuantas horas repararla, si decidían esperar, los llevaría con gusto. Se conformó con el hecho de pasar un día más allí y acordaron la salida para cuando la barca estuviera lista. Hubo entre ellos una química intensa, él le contó que era español, ella nunca lo hubiera imaginado, el encuentro con el hombre le produjo una alegría exagerada. Alfonso, así se llamaba, estaba afincado en la isla desde hacía casi treinta años y parecía un nativo más.
Al volver a la posada le dijo a Cristian que había que esperar, era la persona adecuada para llevarlos y dejando de lado la avería, continuaba la mala mar.
La idea de quedarse un día más tampoco estaba mal, el sitio era un paraíso tropical y el tiempo para regresar les sobraba. Durante la cena saboreó, junto con el pescado y la ensalada, las pocas frases que había intercambiado con el barquero.
El hombre volvió a la casa con la euforia de siempre que se encontraba con alguien de su tierra. Aunque no guardara de allá, muchos recuerdos entrañables, a veces le gustaba regodearse en la morriña. Además, esa pasajera lo había cautivado, tenía todo lo que a él le gustaba, era femenina, directa, atlética. Más allá de la lengua en común, hablaba su idioma. El breve encuentro había sido una caricia en medio del día complicado. La imaginó compartiendo su vida con un hombre mediocre y apacible, una vida sin emoción, sintió pena por no haberla hallado en algún lugar del pasado, quizás hubieran podido vivir algo importante. Ella tenía algo especial, era de mar, como su nombre. Bien podrían haberse encontrado en medio de algún naufragio.
Ella por su parte, lo presintió solitario viviendo en una choza en la playa o selva adentro, una especie de ermitaño, una idea que le duró poco tiempo, porque al día siguiente Cristian, que fue a confirmar la hora de la salida, la sacó de su fantasía, había encontrado al hombre sentado en el porche de una confortable casa junto a su morena compañera.
Lo visualizó, entonces, al lado de una mulata exuberante de piel aceitunada, la tópica historia de tantos que cambian una vida urbana por otra salvaje y aventurera, ganando algunas cosas y sacrificando otras.
Las dos noches y el día pasaron rápido. Al amanecer comenzaron a escucharse los rugidos de la barca en medio de la bahía. Después del desayuno y de jugar con los colibríes sedientos que visitaban cada mañana la posada, bajaron al embarcadero al tiempo que se acercaba.
Mientras Cristian arrojaba los bolsos a la bañera, Alfonso le tendió la mano para ayudarle a subir, ella se la cogió como si nunca se hubieran soltado, las manos encajaron con total armonía.
Alfonso observó a Cristian de soslayo, a pesar de haberlo conocido el día anterior, le dio rabia verlo junto a ella, no tenía nada de gris oficinista, resultó ser muy joven y atractivo. Rabia también, por sentirla tan parecida a él, reconocía, en esa mujer de labios húmedos, su propia voluptuosidad.
Estuvo largo rato al timón mientras bordeaban la costa de la isla, que iba deshilachándose en pequeños muelles y calas turquesas, y cruzaban una franja de mar abierto, el sol alto se reflejaba en los hombros bronceados de los viajeros.
Por unos momentos coincidieron en popa, el capitán estaba sumido en el cigarro, la presencia de Marina lo obligó a mirarla con los ojos entrecerrados y envueltos en humo. Fue un instante largo e incómodo para ambos, él arrojó al agua la colilla y se marchó. No volvieron a mirarse
Desde la cabina llegaba la música de Bebel Gilberto, Mais feliz, invitando a la nostalgia por cosas jamás vividas.
Ella sentía una especie de resignación por el encuentro a destiempo, los abrazos que de tanto en tanto le daba Cristian la hacían sentir molesta. Fantaseaba con los mundos paralelos, con las esquinas en que habrían estado a punto de cruzarse, con el caprichoso impulso que hizo que uno de los dos cambiara de dirección, con el improbable paralelismo donde tal vez estarían juntos bajo ese mismo sol, ella reemplazándolo de a ratos al timón, tal como estaba haciendo el marinero en ese momento. Pensaba en los fragmentos de existencia que, en medio del caos, no siempre encajan con la pieza adecuada.
Sobre el mediodía llegaron a puerto, Alfonso dejó salir la furia gritándole a otro barquero que le dejara sitio para amarrar. Marina y su compañero se unieron al grupito de pasajeros dispuestos a desembarcar.
Una vez en tierra, el barquero arrancó el dinero que la mano de Cristian le ofrecía, saludó con un gruñido y se dio la vuelta.
A ella le dolía el vientre, se sentó sobre la mochila y estuvo un rato respirando el aire del puerto, caliente y enrarecido por los pensamientos mojados.
Al volver a la posada le dijo a Cristian que había que esperar, era la persona adecuada para llevarlos y dejando de lado la avería, continuaba la mala mar.
La idea de quedarse un día más tampoco estaba mal, el sitio era un paraíso tropical y el tiempo para regresar les sobraba. Durante la cena saboreó, junto con el pescado y la ensalada, las pocas frases que había intercambiado con el barquero.
El hombre volvió a la casa con la euforia de siempre que se encontraba con alguien de su tierra. Aunque no guardara de allá, muchos recuerdos entrañables, a veces le gustaba regodearse en la morriña. Además, esa pasajera lo había cautivado, tenía todo lo que a él le gustaba, era femenina, directa, atlética. Más allá de la lengua en común, hablaba su idioma. El breve encuentro había sido una caricia en medio del día complicado. La imaginó compartiendo su vida con un hombre mediocre y apacible, una vida sin emoción, sintió pena por no haberla hallado en algún lugar del pasado, quizás hubieran podido vivir algo importante. Ella tenía algo especial, era de mar, como su nombre. Bien podrían haberse encontrado en medio de algún naufragio.
Ella por su parte, lo presintió solitario viviendo en una choza en la playa o selva adentro, una especie de ermitaño, una idea que le duró poco tiempo, porque al día siguiente Cristian, que fue a confirmar la hora de la salida, la sacó de su fantasía, había encontrado al hombre sentado en el porche de una confortable casa junto a su morena compañera.
Lo visualizó, entonces, al lado de una mulata exuberante de piel aceitunada, la tópica historia de tantos que cambian una vida urbana por otra salvaje y aventurera, ganando algunas cosas y sacrificando otras.
Las dos noches y el día pasaron rápido. Al amanecer comenzaron a escucharse los rugidos de la barca en medio de la bahía. Después del desayuno y de jugar con los colibríes sedientos que visitaban cada mañana la posada, bajaron al embarcadero al tiempo que se acercaba.
Mientras Cristian arrojaba los bolsos a la bañera, Alfonso le tendió la mano para ayudarle a subir, ella se la cogió como si nunca se hubieran soltado, las manos encajaron con total armonía.
Alfonso observó a Cristian de soslayo, a pesar de haberlo conocido el día anterior, le dio rabia verlo junto a ella, no tenía nada de gris oficinista, resultó ser muy joven y atractivo. Rabia también, por sentirla tan parecida a él, reconocía, en esa mujer de labios húmedos, su propia voluptuosidad.
Estuvo largo rato al timón mientras bordeaban la costa de la isla, que iba deshilachándose en pequeños muelles y calas turquesas, y cruzaban una franja de mar abierto, el sol alto se reflejaba en los hombros bronceados de los viajeros.
Por unos momentos coincidieron en popa, el capitán estaba sumido en el cigarro, la presencia de Marina lo obligó a mirarla con los ojos entrecerrados y envueltos en humo. Fue un instante largo e incómodo para ambos, él arrojó al agua la colilla y se marchó. No volvieron a mirarse
Desde la cabina llegaba la música de Bebel Gilberto, Mais feliz, invitando a la nostalgia por cosas jamás vividas.
Ella sentía una especie de resignación por el encuentro a destiempo, los abrazos que de tanto en tanto le daba Cristian la hacían sentir molesta. Fantaseaba con los mundos paralelos, con las esquinas en que habrían estado a punto de cruzarse, con el caprichoso impulso que hizo que uno de los dos cambiara de dirección, con el improbable paralelismo donde tal vez estarían juntos bajo ese mismo sol, ella reemplazándolo de a ratos al timón, tal como estaba haciendo el marinero en ese momento. Pensaba en los fragmentos de existencia que, en medio del caos, no siempre encajan con la pieza adecuada.
Sobre el mediodía llegaron a puerto, Alfonso dejó salir la furia gritándole a otro barquero que le dejara sitio para amarrar. Marina y su compañero se unieron al grupito de pasajeros dispuestos a desembarcar.
Una vez en tierra, el barquero arrancó el dinero que la mano de Cristian le ofrecía, saludó con un gruñido y se dio la vuelta.
A ella le dolía el vientre, se sentó sobre la mochila y estuvo un rato respirando el aire del puerto, caliente y enrarecido por los pensamientos mojados.
me acuerdo
De Patoruzito, Locuras de Isidoro, La Bella Gente, Intervalo.
Algo más atrás el ingenio de Ledesma, los cerros brillando en las mañanas y el camino a Caligegua flanqueado de bambúes.
De la locura de mis hermanas.
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