Todo ha
perdido su ritmo
menos
la ignorancia
todas
las almas se han vuelto autistas
el mundo se ha vuelto pélvico
La muerte es sólo un cúmulo de ansiedades
y sueños aplastados.
Todo ha
perdido su ritmo
menos
la ignorancia
todas
las almas se han vuelto autistas
el mundo se ha vuelto pélvico
La muerte es sólo un cúmulo de ansiedades
y sueños aplastados.
Los ruidos desaparecieron de la faz de la Tierra. No solo los ruidos, sino todo lo que implicara algún sonido, por mínimo que fuese. El silencio era absoluto como en una cabina insonorizada. Algo me decía que en otros lugares del mundo aún existían los sonidos, un susurro, un gemido, el crujir de una hoja al ser pisada, la música, las palabras. Emprendí un viaje en busca del ruido.
Me gustaría ser maga
y actuar en un gran salón
ante un centenar pendiente de mis trucos
transformar los venenos en manjares
regalar libros en las tardes lluviosas
y en las noches festivas
no defraudar a nadie
me voy lejos aunque el viaje
me acabe descamando el alma
nadie sabe cómo concluirá la propia historia
quisiera atravesar sin darme cuenta
las fronteras de la agonía
dejar atrás los portales de la ira
donde se agitan las almas enclenques
que todo se aligere
mientras la distancia crece
hasta llegar a la estación prometida
donde nadie me espera.
Hoy no puedo abrir nada, el ordenador va muy lento y no me deja leer los mensajes. La puerta del baño se ha cerrado sola con un golpe de viento y está trabada, como si alguien la hubiera cerrado por dentro con llave. Hay otra entrada, es por la habitación de mi compañero de piso, que hace meses que no viene por casa. Para pasar por esa leonera, lo hago tapándome la nariz. Después de sortear olores, bacterias y alimañas, entro en el baño para descubrir que no hay agua, del grifo surge un ronquido ahogado, pero no sale nada líquido, empiezo a sudar. Salgo a la calle con la esperanza de encontrar a alguien, un vecino o un operario que me de alguna información, no veo a nadie. Sólo las hojas que se elevan del suelo gracias una sorpresiva racha de viento, que además cierra la puerta de la casa con un estruendo aterrador. Se ha cerrado la puerta y yo no tengo la llave, me doy cuenta de que estoy hiperventilando. No hay agua, no tengo llave, ni la posibilidad de entrar por alguna ventana, una gota de sudor me cae sobre la camiseta, comienzo a aporrear la puerta sin ningún resultado, por supuesto. Busco en el bolsillo del pantalón, hay una tarjeta de visita, intento abrir la puerta con su ayuda, el cartón se va destruyendo al meterla y hacer palanca. Subo al muro que lleva al tejado del garaje, llego gateando sobre el tejado hasta un hueco entre las casas donde, con la ayuda de una escalera, podría alcanzar la ventana del baño. No hay escalera, debo saltar hasta el hueco, no caigo con elegancia, mi rodilla se chafa contra el suelo, trepo hasta alcanzar la ventana y me hago daño en la mano derecha. Entro, por fin.
Me
siento a escribir y veo bajar un coche por la calle que está al otro lado del
bosquecillo. Siempre supe que viviría en una casa encima de una colina y
mientras escribiera, vería bajar un coche por la calle de enfrente. Un trozo de
calle entre los pinos, con casas blancas y muretes de piedra.
Después
de una semana, la puerta sigue sin abrirse, lo ha intentado Álvaro, un amigo que pasó por aquí, pero nada, tampoco es que
sea muy manitas.
Hay
algo que va cerrándolo todo, el bote de estevia, que dejaba caer las pastillas a
la taza, se ha trabado, está lleno de pastillas que no puedo usar, he hurgado
en la abertura con un cuchillo, pero sin éxito.
Me
he encontrado con Lena para comer en el puerto, pero nada más sentarnos,
alguien le llamó para decirle que al coche de sus músicos se le había trabado
la puerta y no podían sacar los instrumentos para montar en la sala donde
tendrían que tocar un par de horas más tarde. Me dejó allí plantada con la carta
en la mano y se fue pitando.
Una
semana más tarde
Me
encuentro con Lena otra vez y me dice que aquello de la puerta del coche lo
resolvieron con un cerrajero, pero ahora en su casa se atascó la puerta de la
habitación y tiene que entrar por la ventana. Como yo, prefiere aguantarse y
esperar, un abre puertas de urgencia escapa a nuestros magros presupuestos.
Dicen
los esotéricos sufís que el hombre alcanza la verdad atravesando cuatro puertas,
yo ni siquiera puedo atravesar la del baño de mi casa y Lena entra a su
habitación por la ventana.
La vida es un puñado de espejos rotos y sucios, en su turbia superficie nos reflejamos. Así reflejados de a trozos, intentamos reconocernos.
Las letras se escapan
cuando
no las miramos
los
monstruos de la ciudad se han despertado
y
hacen su ronda secular
atravesando
de a ratos los senderos
que
llevan de la distopía al patetismo
hay
que esconderse
debajo
de los campanarios mudos
los
hechos son la materia
de
esta nueva ignorancia
tu
presencia se ha perdido
en
un espacio amorfo
y
en cada sueño
bailamos
con la muerte .
El espíritu se hunde en el centro de la tierra
mientras el cuerpo vuela
tal vez viajemos en el tiempo
más de lo habitual
se percibe el giro del planeta
demasiado rápido
más que un avión al despegar
Y para no morirse
uno promete cosas imposibles.
Los días se acortan, la luna sobre el pueblo es soñada El espíritu de la tribu, algo que nunca he aprendido. Ayer se me ha caído un cuch...