Un entramado de parques pensativos
una colección de momentos desiertos
instantes de mareo
evanescentes y tórridos
flanqueando el sendero
de las soledades majestuosas
ese que escogen quienes han cruzado
la frontera del desencanto.
Un entramado de parques pensativos
una colección de momentos desiertos
instantes de mareo
evanescentes y tórridos
flanqueando el sendero
de las soledades majestuosas
ese que escogen quienes han cruzado
la frontera del desencanto.
De tanto en tanto vuelvo a Djavan, un
viejo amor musical
Al escucharlo, todo comienza a ondular a
mi alrededor, la materia comienza a licuarse, yo misma acabo siendo una ínfima
charca que se evapora en la cadencia de su voz.
Desaparecer, volverse líquido, (vendrá
de ahí la palabra liquidarse?) Que nadie jamás pueda encontrarnos. Una tácita
venganza encierra el que nadie pueda acceder a ninguna información sobre uno.
Ya no estar para nada ni nadie, no responder llamadas ni correo, ni WhatsApp,
ni mucho menos al anacrónico hecho de que alguien se deje caer por casa. No
dejar rastro
Volvernos microscópicos, del tamaño del
renacuajo flotante que fuimos antes de ganarle la batalla a los otros y comenzar la metamorfosis intrauterina.
La cara, un lugar de nuestra geografía que siempre se muestra desnudo, ya no. Un mapa de nuestras emociones, cansancio en los párpados, alegría en las mejillas, preocupación en la frente, enfado en el entrecejo, sensualidad en los labios.
El deseo, la pasión, la blandura y la dureza, se leen en los labios, pero
ahora ya no hay labios a la vista.
Cuestiono las tendencias que se han impuesto a la masa, que aún sigue creyendo que elige, aunque a nadie le interese mi punto de vista, encuentro inconsistentes a las relaciones a través de Internet. No veo el sentido a que la gente entable un vínculo virtual que muchas veces se prolonga en el tiempo porque uno y otro se encuentran a cientos o miles de kilómetros de distancia, sin siquiera haberse mirado de verdad. Me parece descabellado eso de enrollarte con alguien que no sabes cómo huele, cómo miran sus ojos, si son brillantes u opacos, si hay gracia en su forma de andar, si hay poesía en sus gestos, si irradian calor sus manos al tocarlas.
¿Y dónde quedan los
encuentros fortuitos? Eso de salir a la calle y que la circunstancia más
absurda te enfrente con un rostro desconocido que te provoca entre otras cosas
un extraño hormigueo en el plexo.
Así es como los sentidos se
van adormeciendo hasta el día no tan lejano, en el que dará igual que el objeto
del deseo sea humano o robot.
Lo que sea les vale para saciar la
insatisfacción perpetua que implica no contactar con uno mismo.
La eterna búsqueda de un
tesoro que jamás se encontrará.
Los días se acortan, la luna sobre el pueblo es soñada El espíritu de la tribu, algo que nunca he aprendido. Ayer se me ha caído un cuch...