baño de luna

Estaban sólo ellas dos aquella noche en casa de Lucía. Paula, la tercera asidua a las reuniones de los viernes, pasaba el fin de semana en la ciudad. Mediaba la primavera y el pueblo resplandecía bajo la luna. Llevaron al jardín las copas y los montaditos y se sentaron en las sillas de madera, bajo el ciprés.
- ¿Hacemos el ritual de los secretos? – propuso Marian una vez agotados varios temas y un par de copas. Lucía no sabía de que se trataba, Marian le contó que, según los indios del Hermosillo, los baños de luna son momentos propicios para contar secretos, el plenilunio es la iluminación ideal, uno no habla a un rostro oscuras, ni a uno expuesto, lo hace en la penumbra adecuada para desnudarse.
- De acuerdo – aceptó Lucía – hay algo que aún no le he contado a nadie. ¿Comienzo yo?
- Adelante – Marian se acomodó y cerró los ojos dispuesta a escuchar.
- Últimamente, me repelen los niños tanto como los viejos. El tener que sonreír ante un bebé por compromiso, se ha vuelto una agonía, en lugar de una personita graciosa, adivino al adulto mediocre en que seguramente se convertirá y siento náuseas. Esta tarde mientras iba en bicicleta, tres ancianos caminaban, ocupaban el paseo a lo ancho, toqué la campanilla y uno muy chulo se quedó en medio del camino, podría haberlo esquivado pero no lo hice, lo golpeé al pasar y se tambaleó, seguí pedaleando y sentí mucho placer por haberle golpeado, es más, me hubiera gustado derribarlo. Me asustó bastante sentir eso. Ahora es tu turno.
- ¿Te he contado que me acosté con José, el marido de mi madre? Fue una tarde en que estábamos en casa muy borrachos.
Lucía no respondió, permaneció en silencio un rato. Algo comenzó ahogarla, una rabia ardiente hacia el mundo, comenzando por ella misma y su amiga. Recordó la adolescencia, a José recogiéndolas a la salida de la discoteca y llevándolas a casa donde les preparaba bocadillos y refrescos que ellas agradecían, intoxicadas como estaban de cerveza y tabaco, al José discreto, que se retiraba una vez les hubiera servido, cerrando la puerta al salir.
La luna se iba volviendo intermitente. Marian estudiaba su perfil, la mirada perdida, la mandíbula tensa
-¿Sabes qué? – dijo Lucía por fin - Me tienes harta con tus putas confesiones a quemarropa, has inventado este juego para soltarme esto ¿qué pretendes, escandalizarme, que te felicite, compartir conmigo tu patetismo, que me coma tu mierda?
Se sirvió otra copa, acercó más la silla a la de su amiga y esta vez mirándola a los ojos, continuó:
- Toda nuestra juventud has estado avergonzándome con tu pretenciosa trasgresión y tu incontinencia verbal, ante gente que para mi era importante, haciéndome cómplice de tus aberraciones cuando jamás he demostrado curiosidad por conocerlas. Empalagando al mundo con tu egoísmo y tus borracheras lacrimógenas.
Marian quiso gritarle que aún borracha nunca había golpeado a un viejo ni despreciado a un niño, pero sus labios no se movían. Aguantó el llanto lo que pudo, cogió la bolsa, los zapatos y cruzó el jardín descalza. Dentro de la casa, Rod Stewart seguía cantando You make me feel brand new. Una nube espesa ocultó la luna.

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