27 dic. 2010

percepciones dispares

Para algunos, el jadeo de un perro en busca de mimos, es algo mágico. Para otros, es algo repugnante.

los machos

"La poesía siempre ha dado de follar" dice Dani, el escritor. Cesare, el gourmet, asegura que las mujeres se derriten ante una mesa bien puesta, un vino noble y un chef entregado. El capitán decreta que es el mar, jamás una mujer se ha resistido a las palabras arrulladas por las olas, con la chaqueta del marino sobre los hombros protegiéndola de la bruma.
Tres farsantes entrañables.

26 dic. 2010

gesell

Con cierta culpa,al pensar en el frío que pasan mis vecinos en la Costa Brava,
salgo cada mañana a caminar por la playa de este mar ciclotímico.
Disfruto de la arena que se pega a mis talones y espío las charlas que invaden tempranito la orilla.
Pero yo no perdí el tiempo, cacareaba una corredora a su amiga, arrastrando la ye y perforándome el tímpano al pasar.
Me pregunto,¿tenemos la facultad de perder algo tan intangible como el tiempo?
¿Quiénes nos creemos que somos?

desde el sur

donde parece que el tiempo se hubiera detenido
en las radios sigue sonando "La marcha de la bronca"
como hace 35 años
y tiene la vigencia de entonces.

21 dic. 2010

releyendo sobre el oficio

"Vieja escuela", Tobías Wolf (novela)
Magnífico.

"Mientras escribo", Stephen King (autobiografía)
Claro, divertido y sin pretenciones.

30 sept. 2010

mirando anuncios

Alquilo piso sólo a ciudadanos catalanes o españoles. Abstenerse ecuatorianos o similares.
Esto merece un análisis. Comencemos por el requisito estrella. Ser catalán o español. Dejando al margen que hasta hoy he creído que los catalanes son españoles; si tomamos esto al pie de la letra, quedarían excluidos todos los demás. Un francés o un belga no tendrían cabida. Pero la segunda frase me empuja hacia una confusión supina. Abstenerse ecuatorianos o similares, si nos guiamos por la geografía, tendremos que un colombiano es similar a un ecuatoriano por la cercanía, el clima, una cultura hispanoamericana común, pero si nos guiamos por la exclusión, también un noruego lo sería, ya que no es español ni catalán.
Usted,¿qué opina?

8 sept. 2010

el libro del té

Hyajuko paseaba por un bosque en compañía de sus discípulos, cuando una liebre saltó asustada frente a él.
-¿Por qué huye? - preguntó Hyajuko.
- Porque nos tiene miedo - le contestaron.
- No - dijo el maestro - huye porque nosotros tenemos instintos asesinos.
Kakuzo Okakura.

24 ago. 2010

sugerencias

"Los cien sentidos secretos"
Amy Tan

"La sombra de lo que fuimos"
Luis Sepúlveda

miguel esencial

"...Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores."
(Miguel Hernández)

6 ago. 2010

Afuera la tormenta, que se vuelve más áspera minuto a minuto. Las gotas heladas dirigidas por el viento son como estalagmitas. Lluvia y viento furiosos, la naturaleza recordándole a todo aquel que anda por la calle, el sitio que ocupa en el planeta. Los golpes del aire, como bombardeos, hacen estallar cristales, arrancan árboles, derriban postes.
Dentro el calor. Una taza de té humeante y el sublime crujir de una tostada.
Dentro el té, con cada sorbo, la esperanza.

31 jul. 2010

Fragmento

...Era soberbio lamerte sin asco ni pudores
nada quedaba para otros días
ni el semen olvidado de otros hombres
ni el juego de tus niños
ni los rincones más oscuros de tu cuerpo.
Era sacrílego
bastardo
transgresor.
Era el deseo circulando sin barreras.
Brindo por entonces
y porque no estés gorda ni achacosa. (Pablo B.)

29 jul. 2010

del otro lado

He viajado mucho y de muchas maneras. De mis viajes por tierra guardo recuerdos neblinosos, días y noches en autocares y trenes, que se desdibujan como aquellos sueños que cuando están frescos se reproducen con detalle y luego se esfuman. Sin embargo en una ocasión, tropecé en un mismo día con dos personas que, hasta hoy, siguen acompañándome.
Había cogido un autobús urbano que me llevaría a una terminal de autocares tan alejada del centro, que ni los habitantes del lugar parecían conocer. Ámsterdam me cautivaba, había algo mágico en sus calles, en sus aceras, limpias y coloridas, en ese andar plácido del bus por un suburbio sin polución. Ni siquiera la pena de tener que dejarlo, empañaba el buen humor que el sitio me inspiraba.
En una de las paradas había tres personas esperando en perfecta fila para subir, uno de ellos pareció dudar, hizo un gesto raro, como si de pronto hubiera optado por quedarse en la acera. Llevaba una gabardina negra y una carpeta en la mano, le miré y nos sonreímos, estaba tan convencida de que ese chico era Patricio, como de la imposibilidad de que así fuera.
Patricio fue un amigo de la adolescencia, allá en el sur del mundo, con quien hemos sorteado varias tempestades, en medio de una de ellas, perdimos contacto. Pero cuando eso sucedió, teníamos dieciocho años, y ya habían pasado más de veinte. Este hombre que subió y se sentó a mi lado como si realmente nos conociéramos, no pasaba de los treinta. Me habló en holandés y enseguida pasamos al inglés, abrió la carpeta, me mostró unos dibujos geométricos que parecían las partes de alguna maquinaria y me preguntó si me gustaban, “nice” balbuceé, por decir algo. Seguimos sonriéndonos, cuando respondí a su pregunta sobre mi lugar de origen, me contó que sus padres también eran de Chile, lo miré sorprendida, él no hablaba español, me aclaró que no se trataba de sus padres biológicos, sino de los espirituales, eran, según dijo, de una ciudad subterránea y esférica habitada por seres del espacio, que trabajaban para el despertar de la humanidad y la unión intergaláctica, él mismo estaba preparándose para visitarla. Le dije que había oído hablar de ella y se alegró. Continuó pasando lentamente las páginas, con sus manos grandes y conocidas, mientras me hablaba del sistema de espejos de la ciudad en cuestión, yo no entendía lo que ahí había escrito, parecía más bien un manual de uso de algún artefacto, no veía que pudiera estar relacionado con una civilización cósmica. Cuando llegó al índice, cerró la carpeta, me besó en la frente y bajó, dejando el autobús sumido en efluvios de sándalo y jengibre. Los aromas de Patricio.
Quedé saboreando la frescura de aquél rato con ese personaje atractivo y peculiar, sumida en la nostalgia, mientras el autobús atravesaba canales y parques donde los jóvenes tendidos sobre la hierba festejaban el comienzo del verano. En sólo diez minutos había recuperado a mi amigo y su sonrisa única; había viajado a otros mundos, el de una ciudad esférica custodiada por magos esenios, el de la adolescencia perdida, los encuentros fortuitos.
Mi halo de bienestar, el seguir inmersa en la atmósfera comprimida del encuentro, debieron notarse, porque al llegar a la estación sentí varias miradas puestas en mí. Subí al autocar complacida, el perfume, la mezcla de especia y madera, era tan intenso que anuló por completo el ambientador del vehículo. Me ubiqué en la ventana, detrás mío llegó mi vecina de asiento. Inhaló y me miró con simpatía, la saludé y volví la cabeza, de momento, prefería la ensoñación. Viajamos escoltadas por jardines multicolores y ciudades plagadas de bicicletas durante un tiempo, en el cual podía sentir la respiración suave de la mujer y su ansiedad por hablarme. Cuando el silencio quemaba, me ofreció un caramelo y preguntó:
-Perdona, ¿qué perfume llevas?
-Creo que es una mezcla de sándalo y jengibre, con un toque cítrico.
-Hija, cuánto se agradece este regalo, es lo primero que he pedido al despertar.
-¿Que lo has pedido?
-Sí, ese es mi oficio.
Quise que me explicara de qué hablaba y en principio, fue bastante escueta. Contó, que toda su vida supo que aquello que pedimos con pericia, llegará para el momento exacto en que lo solicitemos, sólo hay que saber cómo hacerlo. Ella lo sabía. Como aquellos artistas que se levantan antes del amanecer para pintar o esculpir, ella abandonaba la cama cada madrugada a las cuatro para encender una vela y sentarse a pedir.
-¿Y que pides?
-Todo lo que necesito, desde salud y claridad mental hasta una estufa nueva o una buena compañía en el autocar.
El tiempo se alteró cuando la mujer pedigüeña decidió revelarme sus fórmulas para conseguir todo lo que se propusiera. Cayó la noche sobre el amarillo hipnótico de los campos franceses y nos quedamos dormidas. Al llegar a tierra española éramos viejas conocidas, le conté que pronto volvería a Chile, mi año sabático acababa.
-Si me dejas tus datos, te llamaré cuando visite a mis padres.
-¿Tus padres viven en Chile?
-Los espirituales- Por primera vez la miré con hondura. Reconocí el gesto.

26 jul. 2010

historieta de amigos

Dani y Andrea eran amantes, ella estaba loca por él y él iba y venía, dándole a esa relación la categoría de deporte. Un día Dani fue a ver a una pitonisa, que entre otras cosas, le vaticinó que en un viaje conocería a una extranjera rubia y se casaría con ella. Se lo contó a Andrea entre risas y tiempo después en un viaje a Brasil conoció a una rubia de la que se enamoró de forma inmediata y en un par de meses, se casaron. Andrea no fue invitada a la boda, pero unos días antes de la ceremonia, le llevó a Dani un regalo, con una hermosa tarjeta donde ponía:
Si este es el gran amor
Que predijo tu vidente
Puedo dejar que mi culo
Se caiga tranquilamente.

21 jul. 2010

woman

Harta de los miedos
de la píldora, el condón
de las infecciones
que han enterrado la libido
de las emociones asépticas
de que la sangre no baje
de que decida transformarse en corazón
piernas, brazos, balbuceos
de que las mamas se hinchen
de la leche derramada
de las imbéciles que siguen pariendo
y hacen de las barrigas
el centro de su mundillo miope
de la explosión demográfica
de tanto narcisismo turbio
del planeta que reclama
para que todos sigamos de largo
como si viviéramos en el de al lado.

18 jul. 2010

siestas

Mi favorita es la siesta feliz, inducida por el gazpacho o el sexo, ni corta, ni larga, justa, una horita de sueño llano.
Otra, la de la playa, donde me tumbo bajo la sombrilla con el cuerpo mojado, y el sonido del mar, más el calor del aire y la arena, me van adormeciendo.
O la de invierno en el sofá, con una mantita ligera sobre los pies y el libro abierto sobre el pecho.
La indeseable es aquella en la que caigo por abatimiento.Tumbada por el agobio, entro en un sueño profundo y largo, una especie de muerte, desde donde me cuesta volver y cuando lo hago, siento a la muerte aún pegada en la garganta.

8 jul. 2010

pan de maíz

Tenía cuarenta años y el corazón roto. Hueca de tanto llorar, sin trabajo, ni ganas de emprender plan alguno. Una palabra había sido el detonante de mi desdicha, viajar. Un deseo expresado en un impulso fue lo que aniquiló una relación casi perfecta. Sólo dije que me gustaría pasar unos meses viajando para esquivar el invierno. Al día siguiente él me anunció que no pensaba llevar mis maletas al aeropuerto, mi espíritu era nómada, en cambio él quería un proyecto que incluyera hijos, yo no estaba en él y adiós.
Esa ruptura produjo en mí un cataclismo que me arrastró hasta la indignidad. Hoy, anestesiada por el tiempo transcurrido, recuerdo aquellos días con vergüenza. En la cresta de la madurez, llorando por amor. Ridícula.
Viajar (otra vez la palabra) fue, finalmente, lo único próximo a un flaco consuelo. Desplegué un mapa de Brasil (si hay que sufrir, mejor hacerlo en el paraíso) y el primer punto donde se posó mi vista fue Ilhabela, la isla más grande del país.
Subí al avión raptada por la tristeza. Al llegar me envolvió el halo húmedo del trópico. Escogí un hostalito humilde cerca del puerto y acordé con la dueña un mes de alquiler. El cuarto no podía ser más básico. No me importaba nada, arrojé la mochila sobre la cama y salí a buscar el mar. La playa, tan desolada como yo, era el marco adecuado para mi pena. Las lágrimas fluían a borbotones.
Los días siguientes a mi llegada anduve aquí y allá, descubriendo el lugar, tratando de acoplarme a su ritmo, mientras cargaba con su ausencia y mi patetismo. Encontré un mercadito para la compra diaria, una especie de estanco para la prensa y una panadería con un escaparate colmado de tartas y pasteles. Entré a buscar algo que aliviara el vacío afectivo. Un hombre desdentado y sonriente me ofreció un surtido de panes y tortitas, que sedujeron mi vista, ya que el olfato estaba bloqueado por los sollozos. Compré unos cuantos panecillos y bollos.


Caminaba varios kilómetros al día explorando y resistiendo. Llevaba una dieta frugal, no más que alguna ensalada, frutas y agua de coco. Entre comidas, me premiaba con los panecillos de maíz, que resultaron sublimes. Los devoraba en las horas quietas de la siesta mientras andaba las calles arenosas y en los atardeceres junto a la charca, escuchando el concierto de las ranas. La visita diaria a la panadería se volvió de rigor, allí me esperaba Joao con su sonrisa desdentada y su sabiduría atávica. Una mañana, en medio de las tortas de azúcar y miel, me soltó que a su entender yo era de ese lugar y ahí tenía que quedarme. Palabras de insondable efecto. Me estaba invitando a ser parte de su pueblo, a mí, a la que el amante había arrojado de su vida por no tener raíces. Una vez más me invadió el llanto mientras él con orgullo sacaba detrás del mostrador mis preferidos, que mantenía ocultos a los demás clientes, los panecillos tibios, coronados con un puñado de nueces.
Poco a poco las hormonas iban reacomodándose, la palidez de la angustia desaparecía y dejaba paso a una piel dorada por el sol, la miel y el maíz. El dolor se fundía con la glucosa de la fécula amarilla. El mundo no podía ser tan terrible mientras esa delicia cosquilleara mi lengua.
Sabía que la harina no me aportaba demasiada nutrición. ¿Pero qué me había aportado esa historia de amor? Mi autoestima no podría estar más escuálida. Había vivido una relación dependiente y ahora la cambiaba por una adicción más grata.
Una mañana me atreví a salir a correr por la costa, recuperaba un hábito. Joao me presentó a su hermano menor, quien daba clases de surf, como siempre quise practicarlo aproveché la ocasión. Después de unas cuantas caídas, pude mantener el equilibrio por medio minuto. Puse toda mi atención en ello y triunfé con más de una ola.
Pasaron los meses. Me reconcilié con los aromas; el olor a ajo frito que impregnaba al mediodía el recibidor del hostal, la mezcla de hierbas y flores salvajes al caminar por la jungla, los mangos y ananás del puesto de frutas, las algas que dejaba la marea. Hasta me pasó por la cabeza que podría remendar el anhelo junto a algún mulato de labios traviesos, de esos que canturreaban bossa nova al verme pasar camino de la playa. Pero aún me sentía capaz de volver a tropezar. No lo intenté.
Otra mañana, me desperté sin echarle de menos. Mirando el asunto con distancia, le agradecía su cruel sinceridad y le daba la razón, mi vida era un deambular constante por lugares y sabores y él quería otra cosa. Faltaban tantos sitios por ver, fragancias por descubrir, olas por remontar. Eso era lo mío.
Llegó el día en que decidí regresar a casa, el despojo que había salido de ella volvía transformado en una mazorca rubia y delgada. Ya podía (sin rencores) enviarle una tarjeta de felicitaciones a mi verdugo o una caja de puros en caso de que hubiese consumado la paternidad. Me complacía no haber sido la socia para agregar más peso a este planeta sufriente. Además los niños pronto se transforman en adultos y dejan de ser encantadores.
Con estas reflexiones llegué al aeropuerto y facturé el escaso equipaje. Mientras embarcaba y buscaba mi butaca, pedía en voz baja que no me tocara un vecino de asiento demasiado grueso, ni una familia ruidosa cerca.
Al sentarme tomé conciencia de mis músculos tonificados, mi pelo brillante, la mente y el cuerpo ensamblados. Estaba radiante. Y lo estuve aún más, cuando apareció el hombre más guapo de la Tierra, se paró sonriendo en mi fila, guardó su equipaje y se sentó a mi lado, ahí mismito. Más de un metro ochenta de generosidad estética. Intercambiamos un hola agradecido, no estaba mal la compañía para un vuelo de trece horas. Él se acomodó, instalando consigo una mixtura aromática de chocolate y canela. Respiré profundo y pasé un dedo por mis comisuras por si algún hilo de baba se me hubiera escapado. Antes de despegar me iluminó con sus ojos enormes y me convidó con un pequeño rectángulo envuelto en celofán que yo acepté ofreciéndole a mi vez un especial de Joao y una sonrisa.
Con la turbación ni siquiera miré qué era lo que me estaba llevando a la boca, aunque con mi experiencia en mimetismo, debí adivinarlo. Un bombón, y con sorpresa.

6 jul. 2010

por mar

Una canoa se desliza hacia la bruma
aquel bote regresa con las redes vacías
una piragua traza una recta plateada
el cayuco hace crujir los guijarros
al acercarse a la costa
el chico espera sobre la arena
como hace una década lo hacía
otro como él sobre una roca
con los rizos envueltos
en geografías caprichosas
aguas hipnóticas bajo las llamas de la tarde.

13 jun. 2010

baño de luna

Estaban sólo ellas dos aquella noche en casa de Lucía. Paula, la tercera asidua a las reuniones de los viernes, pasaba el fin de semana en la ciudad. Mediaba la primavera y el pueblo resplandecía bajo la luna. Llevaron al jardín las copas y los montaditos y se sentaron en las sillas de madera, bajo el ciprés.
- ¿Hacemos el ritual de los secretos? – propuso Marian una vez agotados varios temas y un par de copas. Lucía no sabía de que se trataba, Marian le contó que, según los indios del Hermosillo, los baños de luna son momentos propicios para contar secretos, el plenilunio es la iluminación ideal, uno no habla a un rostro oscuras, ni a uno expuesto, lo hace en la penumbra adecuada para desnudarse.
- De acuerdo – aceptó Lucía – hay algo que aún no le he contado a nadie. ¿Comienzo yo?
- Adelante – Marian se acomodó y cerró los ojos dispuesta a escuchar.
- Últimamente, me repelen los niños tanto como los viejos. El tener que sonreír ante un bebé por compromiso, se ha vuelto una agonía, en lugar de una personita graciosa, adivino al adulto mediocre en que seguramente se convertirá y siento náuseas. Esta tarde mientras iba en bicicleta, tres ancianos caminaban, ocupaban el paseo a lo ancho, toqué la campanilla y uno muy chulo se quedó en medio del camino, podría haberlo esquivado pero no lo hice, lo golpeé al pasar y se tambaleó, seguí pedaleando y sentí mucho placer por haberle golpeado, es más, me hubiera gustado derribarlo. Me asustó bastante sentir eso. Ahora es tu turno.
- ¿Te he contado que me acosté con José, el marido de mi madre? Fue una tarde en que estábamos en casa muy borrachos.
Lucía no respondió, permaneció en silencio un rato. Algo comenzó ahogarla, una rabia ardiente hacia el mundo, comenzando por ella misma y su amiga. Recordó la adolescencia, a José recogiéndolas a la salida de la discoteca y llevándolas a casa donde les preparaba bocadillos y refrescos que ellas agradecían, intoxicadas como estaban de cerveza y tabaco, al José discreto, que se retiraba una vez les hubiera servido, cerrando la puerta al salir.
La luna se iba volviendo intermitente. Marian estudiaba su perfil, la mirada perdida, la mandíbula tensa
-¿Sabes qué? – dijo Lucía por fin - Me tienes harta con tus putas confesiones a quemarropa, has inventado este juego para soltarme esto ¿qué pretendes, escandalizarme, que te felicite, compartir conmigo tu patetismo, que me coma tu mierda?
Se sirvió otra copa, acercó más la silla a la de su amiga y esta vez mirándola a los ojos, continuó:
- Toda nuestra juventud has estado avergonzándome con tu pretenciosa trasgresión y tu incontinencia verbal, ante gente que para mi era importante, haciéndome cómplice de tus aberraciones cuando jamás he demostrado curiosidad por conocerlas. Empalagando al mundo con tu egoísmo y tus borracheras lacrimógenas.
Marian quiso gritarle que aún borracha nunca había golpeado a un viejo ni despreciado a un niño, pero sus labios no se movían. Aguantó el llanto lo que pudo, cogió la bolsa, los zapatos y cruzó el jardín descalza. Dentro de la casa, Rod Stewart seguía cantando You make me feel brand new. Una nube espesa ocultó la luna.

9 jun. 2010

para mi amigo

El poeta es un fingidor
finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente...(Fernando Pessoa, Autopsicografía)

2 jun. 2010

baudelaire

...y así yo querré una noche
cuando la hora de la voluptuosidad llegue,
hacia los tesoros de tu persona,
como un cobarde, arrastrarme sin miedo
para maltratar tu carne alegre
para magullar tu seno agraciado
y hacer en tu flanco aturdido
una herida larga y profunda
y, vertiginosa dulzura
a través de estos labios nuevos
más fulgurantes y mas bellos
infundirte mi veneno, hermana mía!

28 may. 2010

madrigal

Si algo tiene de bueno transitar la cincuentena es (al menos en mi caso), no tener que decir lo que no quiero, ni soportar lo que no me gusta, ni ser políticamente correcta. Lo bueno, es la libertad de decir lo que me de la gana cuando se me antoje, sin preocuparme por las consecuencias. Ya soy mayor, y me he ganado, a fuerza de soportar lo insoportable, el derecho a mandar al mundo a la mierda.

25 may. 2010

más vino

Por ahora, lo urgente es una copa de vino rojo, como las cavidades donde habita tu lengua.
Lo inmediato será alinear ese cuerpo al nuestro y colmarnos con su música frutal.
Y por fin, sentir correr en las venas el contenido de la copa, diciéndonos aquello que sobrios, no escucharíamos.

23 may. 2010

jorge guillén

...Cuando cese la lluvia
la tierra del jardín olerá a tierra.
No habrá mejor fragancia.
Y después vendrá el día con sus horas.
Fugaces, nunca sueltas
nunca sin sus raíces,
a pasado y futuro encadenadas.
¿Cómo aislar en el aire los momentos?

16 may. 2010

colores

Hay días y noches azules donde nuestro universo y el otro podrían encajar.
Hay días blancos, de magnificencia, donde estamos tan en la cima que el mundo no nos roza.
Días grises, que tienen un punto de nostalgia placentera en un entorno invadido por la bruma.
Días dorados, donde el mundo exterior es pura ficción y nuestro interior, el rey de las galaxias.
Días plateados, donde estamos más que nunca en el filo de la navaja.

14 may. 2010

aldous huxley

"La felicidad es un subproducto que se obtiene haciendo otra cosa"

milongueando

Vuelvo
en la pirueta del pie y de la rodilla
dibujando amores imposibles
con la cintura quebrada
y los hombros cayendo hacia la charca
Vuelvo
en los acordes melancólicos
recuperada de todos los olvidos
arrastrando de lado la nostalgia
Vuelvo
Con la mirada fija
esperando el avance a pecho abierto
y en el giro serpenteando la cadera
sometiéndome al compás de tu latido
Vuelvo
Con las manos enlazadas a tu sombra
Empujando con los codos la impotencia
arrimando el oído a la esperanza
de escuchar el murmullo de mi tierra.

12 may. 2010

10 may. 2010

me acuerdo

de Eduardo y sus tics de Tourette.
de Miami, la tormenta en la playa y el olor de las flores que trajo el viento.
de Ado pequeño, las papillas y su miedo a los pies.
de Pablo el lírico.
de la locura de mis hermanas
de las reuniones en la casa de Cynthia, en la calle Juncal.
de Mirta y las horas que tardaba en arreglarse para salir.
de la ciudad sitiada.
de la fiesta mágica, a comienzos de los 90, del Guasón, del cura y Caperucita y mi preocupación por ser un hada sin varita mágica.
de la tropilla de caballos que interrumpió el paseo en bici. El invierno instalado en el campo.
del concierto de Joao Gilberto en el Gran Rex en 1998.
de las calles de Chiang Mai.
de Lilian y su refugio del paseo 119. De la piruleta y el tutti cuanti.
de mi querido Fabio.
de la casita de Cala Salada, del Galería, de Punta Galera
y de aquellos veranos maravillosos.
de Imbassaí
de Esther Berman y su casa estridente.
del sueño que predijo el viaje a Atenas.

9 may. 2010

reclamo

Tal vez sea mucho pedir
Un abrazo porque sí
El lado más caliente de la cama
la mejor ración del día
ver la puesta encendida desde el muelle
jugar a que no existen las traiciones
irme a dormir feliz
escribir quinientos versos del tirón
la luna entreverada con la almohada.

8 may. 2010

descuido

anécdotas de la Pinilla

Marieta coge el autobús y consigue sentarse. Un hombre que va de pie a su lado, se le viene encima cada tanto cuando el vehículo frena, y murmura un “disculpe” soso. Falta que sea un depravado, piensa. Ahí va otra vez, ahora le tocó la mano. Ansiosa por llegar, mira su muñeca, no está el reloj. Fuera de sí comienza a golpearlo con su bolsa “Ladrón, dame el reloj!”
No para de gritar y darle golpes, el hombre, violento, intenta escapar pero ella se cuelga de su cuello “dámelo asqueroso”. Él, desesperado, forcejea con sus propias manos, le entrega el reloj y huye aprovechando una parada. La anciana se desploma exhausta, aprieta el puño que guarda el reloj y no lo suelta hasta llegar a casa donde le cuenta todo a Paco “… no quería dármelo”, repite. “Claro mujer, cómo iba a querer dártelo si era suyo. El tuyo te lo has dejado sobre la mesa de noche.”

palabras

una olvidada: poplín
una recuperada: bochinche
una muy vigente: cachivache.

forma

Desde que cumplí cuarenta años he vivido encadenando veranos, migrando detrás de ellos, rehuyendo al tintineo de mis huesos, buscando una vida suave, trasladándome allá donde los días con su brevedad, no me recuerden el desenlace común a todos los humanos. Huir de los inviernos ha sido fantasear con la inmortalidad.

7 may. 2010

tramontana

Noche para la soledad
cúmulo de recuerdos borroneados
caeré por la escalera
que lleva al desconsuelo
el viento me enloquece
gritándome al oído que abandone
cargándome el perfume de tu sombra
me has explorado tanto
me has andado
me has conquistado hasta devastarme
llora la noche
y gotea tu recuerdo.

historias de la villa

Nuestra amistad comenzó en la adolescencia. Fuimos sobreviviendo a varios cataclismos que, de uno en uno, se nos fueron llevando a los amigos. A medida que esta orfandad crecía, me hermanaba más con ese chico de mirada profunda y húmeda, propia del altiplano andino. Hasta que sólo quedamos nosotros dos en la ciudad nostálgica. Años después, decidí seguir sus pasos y mudarme a ese pueblito atlántico rodeado de dunas y bosques de acacias, donde él se había instalado hacía algún tiempo y casi sin querer, iniciado una familia que luego acabó en naufragio. Fue entonces que empezó la ceremonia de los jueves.
Gonzalo había aprendido los secretos de la cocina italiana, con una prima lejana que apareció una vez en su casa al comenzar los días soleados, para desaparecer al final de la temporada, dejándole como recuerdo infinitas variantes de un mismo plato. Y a cada una de ellas, mi amigo le agregaba un pedazo de su alma.
Ni el verano más tórrido o el frío más intenso, ni los diluvios sureños, ni los celos de alguna novia o novio temporales interrumpían las cenas de la amistad. A medida que me acercaba a la casa iba sintiendo el placer anticipado de la charla en la cocina y de preparar una mesa donde además de la comida disfrutábamos los sueños compartidos.
Por los jueves desfilaron nuestros miedos, alegrías, miserias, nuestros romances laberínticos, la infancia y adolescencia de los hijos, sus escarceos con el alcohol.
Festejábamos la llegada de la primavera con lasaña de verduras frescas, el aroma desparramándose a través de las ventanas abiertas y metiéndose en las vidas de los vecinos. En los inviernos nos abrigaba una rellena de pollo y especias, mientras trozos de bosque ardían en la chimenea. La elegida de los días calientes se servía bañada en crema de zanahorias.
Los entrantes eran parte importante de la fiesta y un barómetro anímico. Una ensalada Caprese perfumada con albahacas frescas del jardín, equivalía a un estado de armonía suprema en la vida de mi amigo. Cuando estaba agobiado ponía un par de aceitunas lánguidas, o un trozo de queso. Si servía la lasaña como único plato, la situación era crítica.
Algunas veces compartíamos sólo el silencio, inmerso cada cual en su monólogo interno mientras la pasta se gratinaba a fuego lento.
Sus confidencias eran siempre ligeras, podía estar en medio de una catástrofe y me contaba una versión mínima con su voz casi inaudible y atenuada con sonrisas. En cambio él para mí, ha sido el blanco de las confesiones más filosas. Cuando llegaba a la cita abatida después de algún mal día, con el abrazo de bienvenida se me aflojaban las lágrimas entre los vapores que emanaban las cebollas al dorarse. Desplegaba un saber frente a mis conflictos que los hacía desaparecer. Saboreaba mis historias y las condimentaba con la salsa adecuada al capítulo en curso.
Sólo al llegar los postres, podía descubrir yo, la dimensión de sus romances. Si lo consumía un deseo intolerable, servía copas heladas. Más cremosas, cuanto más intensa era la pasión. Si se trataba de un amor estival, había macedonia de estación. Si estaba en la etapa mágica de la seducción, mousse de fresas o chocolate blanco.
Un jueves por la tarde Gonzalo me llamó para cancelar la cena, estaba ingresado en la clínica, una mujer lo había embestido con el coche en una esquina mientras él iba en moto y en la caída se había fracturado la rodilla. Pasé a verlo al final del día y lo encontré cenando, burlón me dijo que había cambiado la carta, tomaba una insulsa compota de manzana y mantenía la pierna en alto. Al día siguiente le operarían para reacomodar la rótula.
Pero al día siguiente, cuando llamé para saber como se encontraba, estaba muerto. Quedé aturdida. Desde muy lejos comenzaron a llegar frases y especulaciones, que si el anestesista trasnochado, que si tenía un problema coronario, que sí, que los médicos siempre acaban matándote, una generosa letanía de ques martillándome los oídos. Mi amigo se había ido en silencio, durante una simple intervención de rodilla, mientras su hijo leía una revista en la sala de espera.
Para no echarle de menos me acostumbré a hablar sola.
No he vuelto a comer lasaña.

sueño

soñe que venía el tren
y no tenía el billete.

abulia

Despierta, deambulando entre las sábanas bebiéndome el silencio con la memoria repleta de tatuajes un rayo de polvo luminoso se instala entr...