del otro lado

He viajado mucho y de muchas maneras. De mis viajes por tierra guardo recuerdos neblinosos, días y noches en autocares y trenes, que se desdibujan como aquellos sueños que cuando están frescos se reproducen con detalle y luego se esfuman. Sin embargo en una ocasión, tropecé en un mismo día con dos personas que, hasta hoy, siguen acompañándome.
Había cogido un autobús urbano que me llevaría a una terminal de autocares tan alejada del centro, que ni los habitantes del lugar parecían conocer. Ámsterdam me cautivaba, había algo mágico en sus calles, en sus aceras, limpias y coloridas, en ese andar plácido del bus por un suburbio sin polución. Ni siquiera la pena de tener que dejarlo, empañaba el buen humor que el sitio me inspiraba.
En una de las paradas había tres personas esperando en perfecta fila para subir, uno de ellos pareció dudar, hizo un gesto raro, como si de pronto hubiera optado por quedarse en la acera. Llevaba una gabardina negra y una carpeta en la mano, le miré y nos sonreímos, estaba tan convencida de que ese chico era Patricio, como de la imposibilidad de que así fuera.
Patricio fue un amigo de la adolescencia, allá en el sur del mundo, con quien hemos sorteado varias tempestades, en medio de una de ellas, perdimos contacto. Pero cuando eso sucedió, teníamos dieciocho años, y ya habían pasado más de veinte. Este hombre que subió y se sentó a mi lado como si realmente nos conociéramos, no pasaba de los treinta. Me habló en holandés y enseguida pasamos al inglés, abrió la carpeta, me mostró unos dibujos geométricos que parecían las partes de alguna maquinaria y me preguntó si me gustaban, “nice” balbuceé, por decir algo. Seguimos sonriéndonos, cuando respondí a su pregunta sobre mi lugar de origen, me contó que sus padres también eran de Chile, lo miré sorprendida, él no hablaba español, me aclaró que no se trataba de sus padres biológicos, sino de los espirituales, eran, según dijo, de una ciudad subterránea y esférica habitada por seres del espacio, que trabajaban para el despertar de la humanidad y la unión intergaláctica, él mismo estaba preparándose para visitarla. Le dije que había oído hablar de ella y se alegró. Continuó pasando lentamente las páginas, con sus manos grandes y conocidas, mientras me hablaba del sistema de espejos de la ciudad en cuestión, yo no entendía lo que ahí había escrito, parecía más bien un manual de uso de algún artefacto, no veía que pudiera estar relacionado con una civilización cósmica. Cuando llegó al índice, cerró la carpeta, me besó en la frente y bajó, dejando el autobús sumido en efluvios de sándalo y jengibre. Los aromas de Patricio.
Quedé saboreando la frescura de aquél rato con ese personaje atractivo y peculiar, sumida en la nostalgia, mientras el autobús atravesaba canales y parques donde los jóvenes tendidos sobre la hierba festejaban el comienzo del verano. En sólo diez minutos había recuperado a mi amigo y su sonrisa única; había viajado a otros mundos, el de una ciudad esférica custodiada por magos esenios, el de la adolescencia perdida, los encuentros fortuitos.
Mi halo de bienestar, el seguir inmersa en la atmósfera comprimida del encuentro, debieron notarse, porque al llegar a la estación sentí varias miradas puestas en mí. Subí al autocar complacida, el perfume, la mezcla de especia y madera, era tan intenso que anuló por completo el ambientador del vehículo. Me ubiqué en la ventana, detrás mío llegó mi vecina de asiento. Inhaló y me miró con simpatía, la saludé y volví la cabeza, de momento, prefería la ensoñación. Viajamos escoltadas por jardines multicolores y ciudades plagadas de bicicletas durante un tiempo, en el cual podía sentir la respiración suave de la mujer y su ansiedad por hablarme. Cuando el silencio quemaba, me ofreció un caramelo y preguntó:
-Perdona, ¿qué perfume llevas?
-Creo que es una mezcla de sándalo y jengibre, con un toque cítrico.
-Hija, cuánto se agradece este regalo, es lo primero que he pedido al despertar.
-¿Que lo has pedido?
-Sí, ese es mi oficio.
Quise que me explicara de qué hablaba y en principio, fue bastante escueta. Contó, que toda su vida supo que aquello que pedimos con pericia, llegará para el momento exacto en que lo solicitemos, sólo hay que saber cómo hacerlo. Ella lo sabía. Como aquellos artistas que se levantan antes del amanecer para pintar o esculpir, ella abandonaba la cama cada madrugada a las cuatro para encender una vela y sentarse a pedir.
-¿Y que pides?
-Todo lo que necesito, desde salud y claridad mental hasta una estufa nueva o una buena compañía en el autocar.
El tiempo se alteró cuando la mujer pedigüeña decidió revelarme sus fórmulas para conseguir todo lo que se propusiera. Cayó la noche sobre el amarillo hipnótico de los campos franceses y nos quedamos dormidas. Al llegar a tierra española éramos viejas conocidas, le conté que pronto volvería a Chile, mi año sabático acababa.
-Si me dejas tus datos, te llamaré cuando visite a mis padres.
-¿Tus padres viven en Chile?
-Los espirituales- Por primera vez la miré con hondura. Reconocí el gesto.

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