historias de la villa

Nuestra amistad comenzó en la adolescencia. Fuimos sobreviviendo a varios cataclismos que, de uno en uno, se nos fueron llevando a los amigos. A medida que esta orfandad crecía, me hermanaba más con ese chico de mirada profunda y húmeda, propia del altiplano andino. Hasta que sólo quedamos nosotros dos en la ciudad nostálgica. Años después, decidí seguir sus pasos y mudarme a ese pueblito atlántico rodeado de dunas y bosques de acacias, donde él se había instalado hacía algún tiempo y casi sin querer, iniciado una familia que luego acabó en naufragio. Fue entonces que empezó la ceremonia de los jueves.
Gonzalo había aprendido los secretos de la cocina italiana, con una prima lejana que apareció una vez en su casa al comenzar los días soleados, para desaparecer al final de la temporada, dejándole como recuerdo infinitas variantes de un mismo plato. Y a cada una de ellas, mi amigo le agregaba un pedazo de su alma.
Ni el verano más tórrido o el frío más intenso, ni los diluvios sureños, ni los celos de alguna novia o novio temporales interrumpían las cenas de la amistad. A medida que me acercaba a la casa iba sintiendo el placer anticipado de la charla en la cocina y de preparar una mesa donde además de la comida disfrutábamos los sueños compartidos.
Por los jueves desfilaron nuestros miedos, alegrías, miserias, nuestros romances laberínticos, la infancia y adolescencia de los hijos, sus escarceos con el alcohol.
Festejábamos la llegada de la primavera con lasaña de verduras frescas, el aroma desparramándose a través de las ventanas abiertas y metiéndose en las vidas de los vecinos. En los inviernos nos abrigaba una rellena de pollo y especias, mientras trozos de bosque ardían en la chimenea. La elegida de los días calientes se servía bañada en crema de zanahorias.
Los entrantes eran parte importante de la fiesta y un barómetro anímico. Una ensalada Caprese perfumada con albahacas frescas del jardín, equivalía a un estado de armonía suprema en la vida de mi amigo. Cuando estaba agobiado ponía un par de aceitunas lánguidas, o un trozo de queso. Si servía la lasaña como único plato, la situación era crítica.
Algunas veces compartíamos sólo el silencio, inmerso cada cual en su monólogo interno mientras la pasta se gratinaba a fuego lento.
Sus confidencias eran siempre ligeras, podía estar en medio de una catástrofe y me contaba una versión mínima con su voz casi inaudible y atenuada con sonrisas. En cambio él para mí, ha sido el blanco de las confesiones más filosas. Cuando llegaba a la cita abatida después de algún mal día, con el abrazo de bienvenida se me aflojaban las lágrimas entre los vapores que emanaban las cebollas al dorarse. Desplegaba un saber frente a mis conflictos que los hacía desaparecer. Saboreaba mis historias y las condimentaba con la salsa adecuada al capítulo en curso.
Sólo al llegar los postres, podía descubrir yo, la dimensión de sus romances. Si lo consumía un deseo intolerable, servía copas heladas. Más cremosas, cuanto más intensa era la pasión. Si se trataba de un amor estival, había macedonia de estación. Si estaba en la etapa mágica de la seducción, mousse de fresas o chocolate blanco.
Un jueves por la tarde Gonzalo me llamó para cancelar la cena, estaba ingresado en la clínica, una mujer lo había embestido con el coche en una esquina mientras él iba en moto y en la caída se había fracturado la rodilla. Pasé a verlo al final del día y lo encontré cenando, burlón me dijo que había cambiado la carta, tomaba una insulsa compota de manzana y mantenía la pierna en alto. Al día siguiente le operarían para reacomodar la rótula.
Pero al día siguiente, cuando llamé para saber como se encontraba, estaba muerto. Quedé aturdida. Desde muy lejos comenzaron a llegar frases y especulaciones, que si el anestesista trasnochado, que si tenía un problema coronario, que sí, que los médicos siempre acaban matándote, una generosa letanía de ques martillándome los oídos. Mi amigo se había ido en silencio, durante una simple intervención de rodilla, mientras su hijo leía una revista en la sala de espera.
Para no echarle de menos me acostumbré a hablar sola.
No he vuelto a comer lasaña.

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