anécdota de mar

Paseaba de una punta a la otra de la bahía, esperando que el hombre bajara de la barca, para acordar con él la vuelta al continente. El dueño de la posada le había dicho que saldría con un grupo al día siguiente y ellos podrían sumarse. Se demoraba en fondear la barca que desde la costa se veía derivando, el viento le complicaba la tarea, ella dio una vuelta más desde el muelle hasta la punta, mientras el sol caía dejando una franja ardiente sobre el verde de la mata. Al volver lo alcanzó cuando tocaba la playa con el cayuco comunitario, él le sonrió, sin saber que ella le esperaba. Se saludaron, Marina le explicó que le interesaba el charter y él le dijo que la barca acababa de averiarse, le llevaría unas cuantas horas repararla, si decidían esperar, los llevaría con gusto. Se conformó con el hecho de pasar un día más allí y acordaron la salida para cuando la barca estuviera lista. Hubo entre ellos una química intensa, él le contó que era español, ella nunca lo hubiera imaginado, el encuentro con el hombre le produjo una alegría exagerada. Alfonso, así se llamaba, estaba afincado en la isla desde hacía casi treinta años y parecía un nativo más.
Al volver a la posada le dijo a Cristian que había que esperar, era la persona adecuada para llevarlos y dejando de lado la avería, continuaba la mala mar.
La idea de quedarse un día más tampoco estaba mal, el sitio era un paraíso tropical y el tiempo para regresar les sobraba. Durante la cena saboreó, junto con el pescado y la ensalada, las pocas frases que había intercambiado con el barquero.
El hombre volvió a la casa con la euforia de siempre que se encontraba con alguien de su tierra. Aunque no guardara de allá, muchos recuerdos entrañables, a veces le gustaba regodearse en la morriña. Además, esa pasajera lo había cautivado, tenía todo lo que a él le gustaba, era femenina, directa, atlética. Más allá de la lengua en común, hablaba su idioma. El breve encuentro había sido una caricia en medio del día complicado. La imaginó compartiendo su vida con un hombre mediocre y apacible, una vida sin emoción, sintió pena por no haberla hallado en algún lugar del pasado, quizás hubieran podido vivir algo importante. Ella tenía algo especial, era de mar, como su nombre. Bien podrían haberse encontrado en medio de algún naufragio.
Ella por su parte, lo presintió solitario viviendo en una choza en la playa o selva adentro, una especie de ermitaño, una idea que le duró poco tiempo, porque al día siguiente Cristian, que fue a confirmar la hora de la salida, la sacó de su fantasía, había encontrado al hombre sentado en el porche de una confortable casa junto a su morena compañera.
Lo visualizó, entonces, al lado de una mulata exuberante de piel aceitunada, la tópica historia de tantos que cambian una vida urbana por otra salvaje y aventurera, ganando algunas cosas y sacrificando otras.
Las dos noches y el día pasaron rápido. Al amanecer comenzaron a escucharse los rugidos de la barca en medio de la bahía. Después del desayuno y de jugar con los colibríes sedientos que visitaban cada mañana la posada, bajaron al embarcadero al tiempo que se acercaba.
Mientras Cristian arrojaba los bolsos a la bañera, Alfonso le tendió la mano para ayudarle a subir, ella se la cogió como si nunca se hubieran soltado, las manos encajaron con total armonía.
Alfonso observó a Cristian de soslayo, a pesar de haberlo conocido el día anterior, le dio rabia verlo junto a ella, no tenía nada de gris oficinista, resultó ser muy joven y atractivo. Rabia también, por sentirla tan parecida a él, reconocía, en esa mujer de labios húmedos, su propia voluptuosidad.
Estuvo largo rato al timón mientras bordeaban la costa de la isla, que iba deshilachándose en pequeños muelles y calas turquesas, y cruzaban una franja de mar abierto, el sol alto se reflejaba en los hombros bronceados de los viajeros.
Por unos momentos coincidieron en popa, el capitán estaba sumido en el cigarro, la presencia de Marina lo obligó a mirarla con los ojos entrecerrados y envueltos en humo. Fue un instante largo e incómodo para ambos, él arrojó al agua la colilla y se marchó. No volvieron a mirarse
Desde la cabina llegaba la música de Bebel Gilberto, Mais feliz, invitando a la nostalgia por cosas jamás vividas.
Ella sentía una especie de resignación por el encuentro a destiempo, los abrazos que de tanto en tanto le daba Cristian la hacían sentir molesta. Fantaseaba con los mundos paralelos, con las esquinas en que habrían estado a punto de cruzarse, con el caprichoso impulso que hizo que uno de los dos cambiara de dirección, con el improbable paralelismo donde tal vez estarían juntos bajo ese mismo sol, ella reemplazándolo de a ratos al timón, tal como estaba haciendo el marinero en ese momento. Pensaba en los fragmentos de existencia que, en medio del caos, no siempre encajan con la pieza adecuada.
Sobre el mediodía llegaron a puerto, Alfonso dejó salir la furia gritándole a otro barquero que le dejara sitio para amarrar. Marina y su compañero se unieron al grupito de pasajeros dispuestos a desembarcar.
Una vez en tierra, el barquero arrancó el dinero que la mano de Cristian le ofrecía, saludó con un gruñido y se dio la vuelta.
A ella le dolía el vientre, se sentó sobre la mochila y estuvo un rato respirando el aire del puerto, caliente y enrarecido por los pensamientos mojados.

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