hilandero

Mi primo Juanjo suele proveerme de algunos momentos de infancia, vividos en aquel pueblo perdido en el diccionario. La calle de adoquines y aceras con árboles cargados de naranjas, el gusto amargo de esas frutas engañosas, el almacén de Tito, la esquina de Malacalza, don Alcides, el castillo de Ferrari, las ramas de paraíso con las que cazábamos mariposas, la peluquería donde iban las mujeres de la familia a hacerse los peinados banana. Mis intentos de escapar por el ventanuco de la habitación durante la siesta, para al final decidir que era más simple esperar a que se duerman los mayores y salir por la puerta. Las horas misteriosas en que reinaba la Solapa.

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