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28 may. 2010

madrigal

Si algo tiene de bueno transitar la cincuentena es (al menos en mi caso), no tener que decir lo que no quiero, ni soportar lo que no me gusta, ni ser políticamente correcta. Lo bueno, es la libertad de decir lo que me de la gana cuando se me antoje, sin preocuparme por las consecuencias. Ya soy mayor, y me he ganado, a fuerza de soportar lo insoportable, el derecho a mandar al mundo a la mierda.

25 may. 2010

más vino

Por ahora, lo urgente es una copa de vino rojo, como las cavidades donde habita tu lengua.
Lo inmediato será alinear ese cuerpo al nuestro y colmarnos con su música frutal.
Y por fin, sentir correr en las venas el contenido de la copa, diciéndonos aquello que sobrios, no escucharíamos.

23 may. 2010

jorge guillén

...Cuando cese la lluvia
la tierra del jardín olerá a tierra.
No habrá mejor fragancia.
Y después vendrá el día con sus horas.
Fugaces, nunca sueltas
nunca sin sus raíces,
a pasado y futuro encadenadas.
¿Cómo aislar en el aire los momentos?

16 may. 2010

colores

Hay días y noches azules donde nuestro universo y el otro podrían encajar.
Hay días blancos, de magnificencia, donde estamos tan en la cima que el mundo no nos roza.
Días grises, que tienen un punto de nostalgia placentera en un entorno invadido por la bruma.
Días dorados, donde el mundo exterior es pura ficción y nuestro interior, el rey de las galaxias.
Días plateados, donde estamos más que nunca en el filo de la navaja.

14 may. 2010

aldous huxley

"La felicidad es un subproducto que se obtiene haciendo otra cosa"

milongueando

Vuelvo
en la pirueta del pie y de la rodilla
dibujando amores imposibles
con la cintura quebrada
y los hombros cayendo hacia la charca
Vuelvo
en los acordes melancólicos
recuperada de todos los olvidos
arrastrando de lado la nostalgia
Vuelvo
Con la mirada fija
esperando el avance a pecho abierto
y en el giro serpenteando la cadera
sometiéndome al compás de tu latido
Vuelvo
Con las manos enlazadas a tu sombra
Empujando con los codos la impotencia
arrimando el oído a la esperanza
de escuchar el murmullo de mi tierra.

12 may. 2010

10 may. 2010

me acuerdo

de Eduardo y sus tics de Tourette.
de Miami, la tormenta en la playa y el olor de las flores que trajo el viento.
de Ado pequeño, las papillas y su miedo a los pies.
de Pablo el lírico.
de la locura de mis hermanas
de las reuniones en la casa de Cynthia, en la calle Juncal.
de Mirta y las horas que tardaba en arreglarse para salir.
de la ciudad sitiada.
de la fiesta mágica, a comienzos de los 90, del Guasón, del cura y Caperucita y mi preocupación por ser un hada sin varita mágica.
de la tropilla de caballos que interrumpió el paseo en bici. El invierno instalado en el campo.
del concierto de Joao Gilberto en el Gran Rex en 1998.
de las calles de Chiang Mai.
de Lilian y su refugio del paseo 119. De la piruleta y el tutti cuanti.
de mi querido Fabio.
de la casita de Cala Salada, del Galería, de Punta Galera
y de aquellos veranos maravillosos.
de Imbassaí
de Esther Berman y su casa estridente.
del sueño que predijo el viaje a Atenas.

9 may. 2010

reclamo

Tal vez sea mucho pedir
Un abrazo porque sí
El lado más caliente de la cama
la mejor ración del día
ver la puesta encendida desde el muelle
jugar a que no existen las traiciones
irme a dormir feliz
escribir quinientos versos del tirón
la luna entreverada con la almohada.

8 may. 2010

descuido

anécdotas de la Pinilla

Marieta coge el autobús y consigue sentarse. Un hombre que va de pie a su lado, se le viene encima cada tanto cuando el vehículo frena, y murmura un “disculpe” soso. Falta que sea un depravado, piensa. Ahí va otra vez, ahora le tocó la mano. Ansiosa por llegar, mira su muñeca, no está el reloj. Fuera de sí comienza a golpearlo con su bolsa “Ladrón, dame el reloj!”
No para de gritar y darle golpes, el hombre, violento, intenta escapar pero ella se cuelga de su cuello “dámelo asqueroso”. Él, desesperado, forcejea con sus propias manos, le entrega el reloj y huye aprovechando una parada. La anciana se desploma exhausta, aprieta el puño que guarda el reloj y no lo suelta hasta llegar a casa donde le cuenta todo a Paco “… no quería dármelo”, repite. “Claro mujer, cómo iba a querer dártelo si era suyo. El tuyo te lo has dejado sobre la mesa de noche.”

palabras

una olvidada: poplín
una recuperada: bochinche
una muy vigente: cachivache.

forma

Desde que cumplí cuarenta años he vivido encadenando veranos, migrando detrás de ellos, rehuyendo al tintineo de mis huesos, buscando una vida suave, trasladándome allá donde los días con su brevedad, no me recuerden el desenlace común a todos los humanos. Huir de los inviernos ha sido fantasear con la inmortalidad.

7 may. 2010

tramontana

Noche para la soledad
cúmulo de recuerdos borroneados
caeré por la escalera
que lleva al desconsuelo
el viento me enloquece
gritándome al oído que abandone
cargándome el perfume de tu sombra
me has explorado tanto
me has andado
me has conquistado hasta devastarme
llora la noche
y gotea tu recuerdo.

historias de la villa

Nuestra amistad comenzó en la adolescencia. Fuimos sobreviviendo a varios cataclismos que, de uno en uno, se nos fueron llevando a los amigos. A medida que esta orfandad crecía, me hermanaba más con ese chico de mirada profunda y húmeda, propia del altiplano andino. Hasta que sólo quedamos nosotros dos en la ciudad nostálgica. Años después, decidí seguir sus pasos y mudarme a ese pueblito atlántico rodeado de dunas y bosques de acacias, donde él se había instalado hacía algún tiempo y casi sin querer, iniciado una familia que luego acabó en naufragio. Fue entonces que empezó la ceremonia de los jueves.
Gonzalo había aprendido los secretos de la cocina italiana, con una prima lejana que apareció una vez en su casa al comenzar los días soleados, para desaparecer al final de la temporada, dejándole como recuerdo infinitas variantes de un mismo plato. Y a cada una de ellas, mi amigo le agregaba un pedazo de su alma.
Ni el verano más tórrido o el frío más intenso, ni los diluvios sureños, ni los celos de alguna novia o novio temporales interrumpían las cenas de la amistad. A medida que me acercaba a la casa iba sintiendo el placer anticipado de la charla en la cocina y de preparar una mesa donde además de la comida disfrutábamos los sueños compartidos.
Por los jueves desfilaron nuestros miedos, alegrías, miserias, nuestros romances laberínticos, la infancia y adolescencia de los hijos, sus escarceos con el alcohol.
Festejábamos la llegada de la primavera con lasaña de verduras frescas, el aroma desparramándose a través de las ventanas abiertas y metiéndose en las vidas de los vecinos. En los inviernos nos abrigaba una rellena de pollo y especias, mientras trozos de bosque ardían en la chimenea. La elegida de los días calientes se servía bañada en crema de zanahorias.
Los entrantes eran parte importante de la fiesta y un barómetro anímico. Una ensalada Caprese perfumada con albahacas frescas del jardín, equivalía a un estado de armonía suprema en la vida de mi amigo. Cuando estaba agobiado ponía un par de aceitunas lánguidas, o un trozo de queso. Si servía la lasaña como único plato, la situación era crítica.
Algunas veces compartíamos sólo el silencio, inmerso cada cual en su monólogo interno mientras la pasta se gratinaba a fuego lento.
Sus confidencias eran siempre ligeras, podía estar en medio de una catástrofe y me contaba una versión mínima con su voz casi inaudible y atenuada con sonrisas. En cambio él para mí, ha sido el blanco de las confesiones más filosas. Cuando llegaba a la cita abatida después de algún mal día, con el abrazo de bienvenida se me aflojaban las lágrimas entre los vapores que emanaban las cebollas al dorarse. Desplegaba un saber frente a mis conflictos que los hacía desaparecer. Saboreaba mis historias y las condimentaba con la salsa adecuada al capítulo en curso.
Sólo al llegar los postres, podía descubrir yo, la dimensión de sus romances. Si lo consumía un deseo intolerable, servía copas heladas. Más cremosas, cuanto más intensa era la pasión. Si se trataba de un amor estival, había macedonia de estación. Si estaba en la etapa mágica de la seducción, mousse de fresas o chocolate blanco.
Un jueves por la tarde Gonzalo me llamó para cancelar la cena, estaba ingresado en la clínica, una mujer lo había embestido con el coche en una esquina mientras él iba en moto y en la caída se había fracturado la rodilla. Pasé a verlo al final del día y lo encontré cenando, burlón me dijo que había cambiado la carta, tomaba una insulsa compota de manzana y mantenía la pierna en alto. Al día siguiente le operarían para reacomodar la rótula.
Pero al día siguiente, cuando llamé para saber como se encontraba, estaba muerto. Quedé aturdida. Desde muy lejos comenzaron a llegar frases y especulaciones, que si el anestesista trasnochado, que si tenía un problema coronario, que sí, que los médicos siempre acaban matándote, una generosa letanía de ques martillándome los oídos. Mi amigo se había ido en silencio, durante una simple intervención de rodilla, mientras su hijo leía una revista en la sala de espera.
Para no echarle de menos me acostumbré a hablar sola.
No he vuelto a comer lasaña.

sueño

soñe que venía el tren
y no tenía el billete.